La película del día

Críticas de cine y cobertura de festivales

El gran hotel Budapest (The Great Budapest Hotel, 2014)

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El cine de Wes Anderson es todo puesta en escena. Resulta siempre llamativa la ambición formal que hay en sus trabajos, en contraste con su ligereza argumental. Sus personajes aparecen enmarcados en planos frontales cuya transición se lleva a cabo a través de barridos y zooms, actuando ante una hipotética platea, constituida por los futuros espectadores. Quizás la película en la que esto se manifiesta de manera más evidente es en El gran hotel Budapest, encargada de inaugurar el último Festival de Berlín, donde ganó el Gran Premio del Jurado. El último film de Anderson sería como una versión estilizada y sobria de Baz Luhrmann. Aunque el tono del australiano es más excesivo y barroco, ambos realizadores ponen en pie creaciones postmodernas en las que la construcción de lo visual y lo sonoro son el elemento primordial. Se trata de lo opuesto a buscar la espontaneidad, a dejar que las cosas simplemente pasen por delante de la cámara para captar un momento no planeado y único. Las películas de Wes Anderson son conscientemente artificiales, con todos los detalles perfectamente planeados y colocados en su lugar. Sin embargo, hay algo que distingue a Anderson del exhibicionismo y la pretenciosa teatralidad de Luhrmann o de otros directores como por ejemplo Joe Wright, y es una mirada de ingenuidad, su colorista e infantil punto de vista, como el de un niño.

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El gran hotel Budapest está inspirada libremente en los escritos del austriaco Stefan Zweig. Se desarrolla en un país inventado pero realista de la Europa del Este llamado Zubrowka, un poco antes de la Segunda Guerra Mundial, y nos narra las aventuras de Monsieur Gustave (hilarante Ralph Fiennes), el conserje del lujoso hotel al que da nombre la película, y Zero (Tony Revolori, la revelación de un monumental reparto plagado de caras conocidas), el aprendiz de mozo, entre los que surgirá una inesperada complicidad y amistad. Una historia dentro de otras, que habla de engaños, robos, asesinatos y fugas de lo más típico, todo envuelto (y perfectamente integrado) en un imaginario plagado de referencias a las que Anderson consigue dar personalidad propia.

El tono de la película es permanente alegre y cómico, que no sólo viene dado por el guion y las interpretaciones, sino por la forma de Anderson de manejar la cámara, de fotografiar las situaciones. El director se muestra hábil a la hora de sacarle humor a un tema serio como es la guerra, al igual que Lubitsch en Ser o no ser (1942), pero a través del absurdo como Woody Allen en Bananas (1971) o en su obra Don’t drink the water. Anderson además se manifiesta como un digno heredero de Mel Brooks, con ese Monsieur Gustave que seduce a mujeres mayores de la misma manera bufonesca en la que lo hacía el Max Byalistock, el protagonista de Los Productores (1968). Si vemos la cinta desde el punto de vista puramente estético, ese hotel aislado en medio de la montaña no está muy lejano del universo de Stanley Kubrick. De hecho, el vestuario de El gran hotel Budapest corre a cargo de Milena Canonero, artífice entre otros del de La naranja mecánica (1971) y Barry Lyndon (1975, probablemente, una de las películas visualmente más hermosas de la historia del cine). No son pues bajas las aspiraciones de Anderson, ni trata disimularlas. Su película también tiene ecos del cine contemporáneo, con un espíritu tarantiniano que está presente desde la división en capítulos, hasta el uso exagerado de la violencia o la deconstrucción de la historia y del propio cine para crear un universo completamente personal.

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A pesar de que Anderson parece aparentemente huir de la pedantería, se aprecia en su estilo vintage cierto esnobismo de quien se sabe alternativo. Esto se puede ver en los decorados de aspecto perecedero o en la creación por stop motion de los medios de transporte como el tranvía o el teleférico. Esta técnica ya la llevó al extremo el director en Fantástico Sr Fox (2009), con la que El gran hotel Budapest guarda además un gran parecido musical. La banda sonora que Alexandre Desplat compuso para la película animada de Anderson es probablemente una de las cumbres de su carrera, y en esta última vuelve a desarrollar un extenso número de temas, caracterizados por la variedad de estilos, según el momento al que acompañen, con un protagonismo de la música tradicional (en este caso más europea) y de los coros.

El gran hotel Budapest es una película de Wes Anderson, y no podría ser de nadie más. Pero por encima de todo, se trata de su película más redonda, en la que quedan perfectamente aunados forma y contenido, sin que la primera anule o haga de menos al segundo. Un trabajo auto consciente de su refinada grandilocuencia, que nunca pierde de vista lo que es: una comedia clásica, disfrutable a través de los sentidos.

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