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Ojalá estuviera aquí (Wish I was here, 2014)

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Zach Braff parecía un cineasta generacional. Hace 10 años nos sorprendía pasando de una vena totalmente cómica-surrealista en la serie Scrubs, a aterrizar con éxito en el panorama indie (que en esa época estaba sentando sus bases), con una desencantada y extravagante fábula de un grupo de veinteañeros perdidos en sí mismos en Algo en común (abominable traducción del original Garden State, que alude al lugar donde se desarrolla, New Jersey). Y además lo hizo por la puerta grande, como autor total que dirigía, escribía y protagonizaba aquella suerte de relato entre biográfico y universal. Ahora, una década después, sus personajes han crecido como lo ha hecho Braff, y se hayan en encrucijadas propias de la treintena inmadura; veáse, cuidar de los hijos, afrontar la pérdida de los progenitores, encontrar un trabajo estable, pero a la vez mantenerse firme en la consumación de los sueños de juventud (o al menos, tratar de averiguar cuáles son esos sueños). Sin embargo, a pesar de la independencia creativa que le podría haber aportado a Braff el haber conseguido la financiación para su segundo proyecto a través de la plataforma de crowdfunding Kickstarter, Ojalá estuviera aquí se siente una película mucho menos libre, atrayente y fresca que la anterior.

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La búsqueda de la felicidad es una constante en el díptico de Braff. Como en Algo en común, el protagonista de Ojalá estuviera aquí es un actor fracasado, pero en lugar de un chico inseguro enganchado a las pastillas, aquí es un padre de familia en Los Ángeles, disgustado con su vida, al que las circunstancias le harán dar un giro radical a todas sus creencias. Así, sería lógico esperar más madurez argumental y visual. Sin embargo, en el plano temático, Braff parece no entender ni saber lo que pasa por alguien en la situación de su personaje. Si Algo en común exponía problemas con los que el actor se identificaba y que conocía perfectamente, aquí se limita a echar mano de cuestiones generalistas y manidas. Por otro lado, estéticamente, abandona el aspecto indie en favor de un estilo mucho más convencional, que incluye una utilización videoclipera de la cámara lenta.

Ojalá estuviera aquí empieza con mucha fuerza, de forma cínica, maliciosamente divertida, tanto que podría llegar a parecer una versión menor de los Coen de Un tipo serio (2009). Ciertamente, durante los primeros minutos, Braff no da tregua al extremismo de la religión judía. Al mismo tiempo, también va desarrollando temas como la crisis personal y la económica desde un amplio punto de vista, sin dejar de aplicar una característica que es muy propia de él: la introducción de elementos surrealistas dentro de la cotidianidad. Sin embargo, la película va transformándose poco a poco en un melodrama típico, los conflictos se van solucionando y lo que queda es una edulcorada moraleja, en la que todo lo que se había criticado al principio entra en dudas. Al final, Braff centra toda la atención en la reconciliación paterna-filial, que había quedado pendiente en su ópera prima.

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Que Zach Braff tiene carisma es indiscutible. Su personalidad atraviesa la pantalla y consigue hacer creíble casi cualquier personaje, sea más o menos empático. Aquí vuelve moderadamente a la vertiente que le hizo conocido por Scrubs, mostrando su lado más desenfadado, pero alternado con otro dramático. Y en todos se mueve perfectamente. Además, Braff sabe rodearse de excelentes repartos, y le acompañan en esta ocasión actores como Kate Hudson o Mandy Patinkin, que comparten además la escena más emotiva de la película. La espontaneidad que aportaban Natalie Portman y Peter Sarsgaard en Algo en común, pasa en este caso a los niños, Joey King y Pierce Gagnon, que, junto a Braff, se convierten en los reyes de la función; y, como curiosidad, volvemos a encontrarnos con un cameo de Jim Parsons.

Sin carecer de virtudes, parece que con Ojalá estuviera aquí Braff no quisiera tanto continuar con su fresco generacional, sino más bien, dejar solucionados los temas que tiene pendientes. En lugar de construir una realidad, se inventa el mundo perfecto en el que le gustaría vivir. Todo aquello que en la historia de los veinteañeros se hacía cercano e identificable, en Ojalá estuviera aquí se convierte en una colección de tópicos alargada. Quizás Braff se plantee hacer una trilogía con un personaje similar en la crisis de los 40; pero, si sigue esta línea, el interés que va a generar por ver cómo continúa va a ser escaso.

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