La película del día

Críticas de cine y cobertura de festivales

Heimat. La otra tierra (Die andere Heimat. Chronik einer Sehnsucht, 2013)

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Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania demandaba películas positivas, de evasión en un ambiente rural, que exaltaran los valores del amor y la amistad. Así surgió en los 50 el género de las Heimatfilme, con un carácter simplista y sentimental. El nombre viene de la necesidad de aferrarse a una identidad regionalista (Heimat significa patria) después de perder el conflicto bélico. Según pasan los años, avanza el sentimiento globalizador y se complican las políticas exteriores; en la década de los 70 se recupera el género, pero en paralelo (y en contraposición) surge con fuerza una nueva corriente: dar la vuelta a estos relatos, y mostrar el lado negativo y violento del ambiente provincial. En este contexto surge en 1984 una obra magna titulada precisamente Heimat, ambiciosa serie televisiva realizada por Edgar Reitz, que si bien no se recrea en la mirada melancólica de las Heimatfilme originales, tampoco compone una crítica exacerbada. El trabajo de Reitz se basa en estos melodramas clásicos, pero se aleja de los modelos académicos. No en vano, Reitz fue uno de los firmantes del Manifiesto de Oberhausen en 1962, que sentó las bases un tiempo después del Nuevo Cine Alemán, alejado de los parámetros del cine convencional.

Heimat (Una crónica de Alemania), concebida para la televisión, posee ecos cinematográficos. Sus once capítulos son películas aisladas de distintas duraciones que, aunque siempre hablan de la misma familia (los Simon), cuentan historias diferentes. Una libertad de la que normalmente no gozan estas producciones, las cuales deben adaptarse a ciertos parámetros orientados a generar audiencia. Reitz repasa la historia del país desde 1919 hasta 1982, centrándose en la vida de los protagonistas, que viven en la ciudad imaginaria de Schabbach, en la cordillera de Hunsrück. Reitz, siguiendo el planteamiento del Nuevo Cine Alemán, revisiona el pasado histórico, como reflexión para entender el presente (algo que ahora es una característica fundamental de la cinematografía del país), pero fue uno de los pioneros en hacerlo a esta escala, abriendo no pocos debates en torno a su tratamiento del mismo.

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Los protagonistas de la serie Heimat (izq.) y de Heimat. La otra tierra

 

A esta serie le siguieron las continuaciones Heimat 2. Crónica de un joven (1992) y Heimat 3. Crónica del final y el principio (2004), que ya acababa en el umbral del siglo XXI. Complementaba todo ello Heimat-Fragmentos: Las mujeres (2006), sobre las figuras femeninas de la familia Simon, un interés constante de Reitz. Un total de casi 50 horas de metraje, a las que hay que añadir ahora las más de 3 y media en las que se desarrolla la precuela Heimat. La otra tierra. Dividida en dos partes, la película se traslada a mediados del siglo XIX, en la época de las grandes migraciones de Europa a Sudamérica, en la que la población escapaba de la pobreza y la tiranía gubernamental. Pero no solo es necesario situar esta obra en el contexto en el que está ambientada, sino también en la época actual que la ha generado, en la que las productoras se agarran a remakes, reboots, etc. para apelar a la nostalgia del espectador. Una dinámica a la que se une Reitz, aunque sin esa clara intencionalidad lucrativa, para abarcar uno de tantos posibles orígenes de su epopeya.

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Heimat. La otra tierra entronca casi directamente con el primer capítulo de la serie, titulado Fernweh (que se traduciría como “El deseo de escapar”), empezando con un regreso, el de Paul Simon, que tras la Primera Guerra Mundial, vuelve al hogar; el mismo del que huirá al final del episodio, para irse a Estados Unidos. “A primera vista, la elección de este título puede parecer poco apropiada: el principal anhelo relacionado con Heimat, el título de la serie, tendría que ser Heimweh, el deseo de volver a casa, no Fernweh, el deseo de abandonar el hogar”[1]. En los personajes de Reitz se descompone la noción tradicional de patria, la cual se convierte en una prisión que ofrece casi más motivos para abandonarla que para permanecer en ella. Heimat. La otra tierra introduce enseguida también un regreso: el de Gustav, uno de los hijos de la familia Simon, que vuelve de servir en el ejército prusiano, para encontrarse a su hermano Jakob soñando con irse lejos, a Brasil. Para Jakob, lo desconocido se vuelve atractivo, y su pueblo, un lugar del que no se siente parte.

Antes de la vuelta de Gustav, lo primero que vamos a ver, acompañado de la anticlimática banda sonora del clarinetista de jazz Michael Riessler (autor también de la música de Heimat 3 y de Fragmentos), es Schabbach, el lugar de huída y regreso; un movimiento circular permanente que Reitz manifiesta en una obsesión por los giros de cámara, presentes en toda la película. Una dirección de una autonomía y fluidez constantes, e inusitadas dentro de lo que cabría esperar en una producción de época, alejadas del estatismo de, por ejemplo, Dreyer o Michael Haneke. “La maestría de Reitz no es intermitente. El pulso de su ambición, la belleza pictórica y la sublime puesta en escena no decaen un instante”[2]. Enseguida va a aparecer en primer plano la madre, figura central de la familia en toda la obra de Reitz. Está interpretada, además, en un guiño interno, por Marita Bauer, actriz que en su día dio vida a Maria, uno de los personajes principales de Heimat; una veterana dentro de un joven reparto protagonista (Jan Dieter Schneider, Antonia Bill o Maximilian Scheidt) que, como entonces Bauer, es prácticamente novel.

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También vamos a ver al padre (Rudiger Kriesse), que no entiende que su hijo esté más interesado en leer que en trabajar en el campo o en la forja. Este va a ser un enfrentamiento constante, el cual Reitz en este caso sí que toma directamente de las Heimatfilme clásicas: las diferencias generacionales, y también las que existen entre la vida rural y el progreso del mundo urbano. Schabbach, como representación de todo el país, es un lugar cerrado, que no quiere cambiar ni dejar entrar lo diferente. Un miedo potenciado por las religiones y las clases sociales, que Reitz pone en imágenes a través del uso puntual del color. En la serie, el cromatismo se iba abriendo camino hacia la modernidad, mientras que blanco y negro remitía a la tradición y la familia. Es por ello que Heimat. La otra tierra se desarrolla casi en su totalidad en una escala de grises, ya que las costumbres, las tradiciones y el folclore aún están totalmente arraigados en el siglo XIX.

Con fotografía del veterano Gernot Roll, que ha trabajado con Reitz en toda la serie, la película está rodada en color y pasada al blanco y negro en post producción. La iluminación de los espacios interiores, potenciando los efectos de claroscuros de ventanas y velas, revelan una inspiración de Caravaggio y, sobre todo, de Georges de La Tour. El tenebrismo y la noche ejercen un contraste simbólico, así como lo que queda dentro y fuera de las casas y de los sitios de trabajo. Por ejemplo, la cocinade los Simon, donde se desarrolla gran parte de la serie y de la película, es un lugar central en la narración, en el que “somos inmediatamente conscientes de que este es un lugar al que la historia volverá una y otra vez, un lugar en el que los pequeños y grandes eventos son plegados en el santuario interior de Heimat”[3].

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Fotograma de Heimat. La otra tierra, y El recién nacido, de Georges de La Tour

 

Rodada en digital, la película recurre al formato panorámico del Cinemascope para recrearse también en los vastos paisajes, lo cual le sirve Reitz para analizar la relación de la naturaleza con el ser humano, como ocurría en la pintura (debemos volver al símil pictórico) en la obra de Jean-François Millet, que hace el mismo retrato entre naturalista e inocente de los campesinos y de la sociedad rural. Una ingenuidad que siempre se le ha criticado a Reitz, frente a la crudeza de películas como La cinta blanca (2009) del citado Haneke, en la que se podían apreciar referencias al origen del nazismo. Aunque ambos retratan con detallismo el costumbrismo de la vida en provincias, para Reitz los personajes no son tan importantes como la Historia (con mayúscula) en sí, y aplica sentimientos universales a unos caracteres simples emocional y moralmente; pero que sin embargo, van evolucionando dentro de sus limitaciones, y que, de nuevo en su camino cíclico, culminarán sus recorridos de forma contraria a la que imaginaban.

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Fotogramasde Heimat. La otra tierra (arriba) y La cinta blanca

 

Con todo lo anterior, apenas si se logra arañar la superficie de un monumental ejercicio de memoria, que podría analizarse desde multitud de puntos de vista. (Re) construida a base de realismo aderezado con un fuerte sentido metafórico, y de elipsis temporales que al espectador le corresponde completar, Heimat. La otra tierra funciona perfectamente como película independiente, no es necesario conocer la serie para verla, entenderla y disfrutarla. Pero sí que enriquece el conjunto de la obra de Reitz, una saga que se regenera ahora, y que demuestra estar más viva y en forma que nunca.

 

[1] VON MOLKTE, Johannes “Inside/Out. Spaces of History in Edgar Reitz’s Heimat”, No place like home. Locations of Heimat in German Cinema, University of California, 2005

[2] REVIRIEGO, Carlos “Síndrome tropical”, Caimán Cuadernos de Cine, Nº 40 (91), Julio-Agosto 2015

[3] VON MOLTKE, Johannes, Ibíd.

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Un comentario el “Heimat. La otra tierra (Die andere Heimat. Chronik einer Sehnsucht, 2013)

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