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La novia (2015)

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Adaptar en España cualquier obra de Federico García Lorca, como ocurre en lengua anglosajona con William Shakespeare, implica una cautela inherente, y, por qué no, cierto temor; más si se trata de llevarlo al cine. Quizás este sea el motivo por el que una tragedia tan potente como Bodas de sangre no había tenido aún una película canónica en nuestro país. La primera versión fue una producción argentina de 1938 protagonizada por la musa del autor, Margarita Xirgu y dirigida por Edmundo Guibourg. Hubo que esperar casi 40 años y trasladarse a Marruecos para volver a ver la obra en la gran pantalla, con Noces de sang de Souheil Ben-Barka. La primera adaptación puramente española (y muy racial) en el medio cinematográfico vino a manos de Carlos Saura en 1981, y ni siquiera se trataba de una película de ficción al uso, sino de la plasmación del ensayo del ballet que creó el bailarín Antonio Gades a partir de la obra de Lorca. Un pseudo documental que cuestiona los límites de la representación artística, como años después volveríamos a ver en la italiana César debe morir (2012). En cierto sentido, la última revisión de Bodas de sangre que ahora llega a las salas, La novia, mantiene la misma tensión teatral que la de Saura, así como la ambientación minimalista. Pero en este caso, estamos ante un ejercicio fundamentalmente cinematográfico, ya que si Antonio Gades entendió la obra a través del baile, Paula Ortiz lo hace a través de la imagen.

Bodas de sangre

Cristina Hoyos como la novia en “Bodas de sangre” (1981) de Carlos Saura.

La directora ya sorprendió hace cuatro años con De tu ventana a la mía (2011), un ejercicio de una potencia estética abrumadora del que La novia parece una continuación: toma rasgos de las historias románticas de esas tres mujeres que componían el relato de la ópera prima de Ortiz, solventando los problemas de guion que pudiera tener aquella dándole la voz al texto del maestro granadino. Ambientada en una época indefinida, aunque se supone contemporánea, la película se sumerge de lleno en la universalidad del tema dramático por excelencia: la desgracia de amor. Su mayor peligro puede ser la reiteración, con las estampas subrayando más que completando las palabras, y saturando de información. Por suerte, estamos ante una realizadora que tiene las cosas muy claras, y que compensa una cierta congestión con un derroche de sensualidad y arrebato desde un punto de vista entre onírico y terrenal, donde la sangre, el polvo, el fuego y el calor se sienten como propios.

Paula Ortiz

Inma Cuesta en “La novia” (2015) y Leticia Dolera en “De tu ventana a la mía” (2011)

Ortiz escoge empezar por el final del texto original, para a continuación crear un largo flashback tensional (en el que también introduce momentos propios que corresponden a la niñez de los protagonistas), en el que el lugar donde está rodado tiene una importancia fundamental. No solo en Aragón, donde ya estaba situada De tu ventana a la mía, sino en un sitio más duro, inhóspito, sin espacio para el amor, como Capadocia, algo que ya nos había mostrado Nuri Bilge Ceylan en Winter Sleep (2014). Pero al contrario que con Ceylan, los personajes de Lorca se ahogan en el calor: “Mi madre era de un sitio donde había muchos árboles. […] Pero se consumió aquí. Como nos consumimos todas”. Una afirmación de esa prometida que se debate entre la soledad y el ardor interior.

Aunque menos barroco que el anterior filme de Ortiz, La novia es formalmente igual de abigarrada. La cinta está recorrida por una poética visual conformada por una sucesión de ralentíes y juegos con elementos como los cristales que crean un resultado hipnótico. Además, tiene alma de gran musical étnico, local, que intercala la exquisita banda sonora original de Shigeru Umebayashi (el compositor habitual de Wong Kar-wai), con numerosas canciones populares, muchas de ellas introducidas de forma diegética, desde “Dice la nuestra novia” (probablemente, la escena más emocionante de la película) hasta el “Pequeño vals vienés”, que suena en el momento clave de la historia.

La novia

Todo el relato está sustentado en la angustia de que ya no hay vuelta atrás, de que el desgarrador presente no es más que un esbozo de un porvenir sin esperanza. Y esa angustia se encarna en la figura de Inma Cuesta, una nueva Xirgu que parece poseída por el espíritu lorquiano y nos introduce en todo un torrente de emociones del que es imposible escaparse. El resto del reparto resulta más endeble en comparación con su entrega, y solo consigue hacerle frente Luisa Gavasa, una suerte de Bernarda Alba que exige silencio pero al mismo tiempo destila venganza. El destino se encarga de ajustar las cuentas en una tragedia inevitable, de la que finalmente la novia es la propia autora; así, Ortiz funde la figura de Lorca de la mendiga (la muerte), que no es otra cosa que la representación del futuro de la protagonista, con la de “esa luna” que les observa:

“La luna deja un cuchillo abandonado en el aire, que siendo acecho de plomo quiere ser dolor de sangre. ¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada por paredes y cristales! ¡Abrir tejados y pechos donde pueda calentarme! ¡Tengo frío! Mis cenizas de soñolientos metales, buscan la cresta del fuego por los montes y las calles. Pero me lleva la nieve sobre, su espalda de jaspe, y me anega, dura y fría, el agua de los estanques. Pues esta noche tendrán mis mejillas roja sangre, y los juncos agrupados en los anchos pies del aire. ¡No haya sombra ni emboscada, que no puedan escaparse! ¡Que quiero entrar en un pecho para poder calentarme! ¡Un corazón para mí! ¡Caliente, que se derrame por los montes de mi pecho; dejadme entrar, ¡ay, dejadme!”

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Al salir del primer pase de La novia en el 63º Festival de San Sebastián, donde tuvo su presentación oficial en la sección Zabaltegi, sorprendió la división de sus asistentes entre el rechazo y la veneración. Pero hasta cierto punto es lógico que una obra tan visceral, que supone una adaptación tan personal (aunque al mismo tiempo, profundamente respetuosa con el espíritu de la original) despierte sentimientos muy radicales. Un filme tan excesivo como puedan serlo la propia pasión y la belleza, las cuales desbordan, arrasan y dejan agotado. Todo ello no hace más que reafirmar que, para bien o para mal, La novia es un auténtico acontecimiento dentro del panorama audiovisual de nuestro país que nadie debería perderse.

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Un comentario el “La novia (2015)

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