La película del día

Críticas de cine y cobertura de festivales

64º Festival de San Sebastián: Perlas (I)

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La 64ª edición del Festival de Cine de San Sebastián ha comenzado con reacciones bastante tibias (cuando no directamente negativas) en lo que a Sección Oficial se refiere (a excepción, quizás, de los trabajos de Alberto Rodríguez y Bertrand Bonello), pero la sección Perlas, que rescata algunas de las películas más valoradas por crítica y premios de otros festivales internacionales, siempre suele ser satisfactoria. En este sentido, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que una de las películas más importantes que van a pasar este año por el certamen es Toni Erdmann. El cine de su directora, Maren Ade, articulado en 13 años con tres películas como directora y una labor más que destacable como productora de trabajos de Sonja Heiss, Ulrich Köhler o Miguel Gomes, suele centrarse en las relaciones disfuncionales de dos personajes difícilmente accesibles, cuyas vidas sufren giros que, aunque al comienzo quizás no parecen tan bruscos, van a desestabilizar todo su mundo. Tras analizar la amistad en su ópera prima casi Dogma tardía Los árboles no dejan ver el bosque (2003), y la pareja y la inmadurez en Entre nosotros (2009), ahora explora el vínculo entre un padre y una hija en esta monumental disección de la disolución de la familia alemana.

Con un paso más que exitoso por el Festival de Cannes, tras el cual ha ganado el Premio FIPRESCI de la crítica, la realizadora se interna en la cotidianidad de unos protagonistas a los que ha distanciado el tiempo y las distintas maneras de ver la vida, y le da un vuelco desde dentro. Durante la primera hora veremos a un hombre (estupendo Peter Simonischek) que descubre el infierno que es el día a día de su hija (impresionante Sandra Hüller –Réquiem. El exorcismo de Micaela, 2006-, que en la secuencia del cumpleaños se manifiesta como probablemente la mejor actriz alemana de su generación), supuestamente una exitosa directiva. Por lo que durante el resto del filme, se esforzará por lograr sacarla de ese pozo; algo difícil de conseguir teniendo en cuenta que él mismo se encuentra en un estado melancólico, intentando ocultarlo con bromas cada vez más absurdas. Un estudio de la soledad y la infelicidad del mundo moderno y de las despiadadas políticas empresariales, en el que el habitual estilo naturalista de la directora contrasta con su forma de abrazar el surrealismo, algo que la emparenta con el sueco Roy Andersson y su trilogía en torno a la existencia.

Con un final abierto como es habitual de Ade, Toni Erdmann se aleja de los vínculos destructivos de sus anteriores largos para establecer una metáfora en torno al ciclo de la vida. Sin embargo, la barrera de tono ácido y cínico que levanta la directora impide implicarse y emocionarse con este relato de un padre cuyo único objetivo en la vida es conseguir que su hija sea feliz.

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Si otro título destaca dentro de las Perlas es el de Elle, también venida de Cannes, en la que un nombre sobresale por encima incluso del de su propio director, Paul Verhoeven: el de la actriz Isabelle Huppert, y no es de extrañar. La gran dama del cine francés invade cada segundo de metraje y da vida de forma (nunca mejor dicho) sobresaliente a un personaje odioso, cuyas circunstancias del pasado han marcado su manera de entender (o de no hacerlo) los sentimientos. Solo una persona con un carácter así podría verse involucrada en el imposible síndrome de Estocolmo que propone del realizador holandés. Su nueva película para el cine en 10 años, y la primera francesa de su filmografía, está basada en la novela “Oh…” de Philippe Djian (cuya obra ha sido llevado al cine en numerosas ocasiones, desde Betty Blue -1986- hasta El amor es un crimen perfecto -2013-), en la que el título ya insinúa las sorpresas que va a deparar una historia que comienza con una violación a la protagonista, y las consecuencias imprevisibles que ese acto tendrá. Verhoeven vuelve a manejarse en el terreno del erotismo voyerista, introduciendo referencias hitchcocknianas unidas a un sentido del humor de lo más perverso. Un misterio que no es tal sirve de excusa para dejar en evidencia la influencia que la familia, el sexo o la religión tienen en la vida (y la muerte) de las personas, pero tratados desde cierta frivolidad que solo se le permite a unos pocos,alejándose de la delicadeza y la corrección impuestas. Verhoeven lanza dardos sociales envenenados, sutiles pero no tanto como para no dejar noqueado al espectador que tenga la suerte de recibirlos.

El triunfo de la animación: La tortuga roja 

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Sin embargo, pese al éxito de las películas de Ade y Verhoeven, para nosotros las mejores cintas de la sección hasta el momento se encuentran en el terreno de la animación: la ganadora de Festival de Annecy My life as a Courgette, y la que nos ocupa ahora mismo, La tortuga roja. Cuando hablábamos aquí a principios de año del cierre de la sección de largometrajes del Studio Ghibli, lo hacíamos con tristeza y melancolía, por lo que era inevitable recibir con alegría (y también pretensiones) la primera coproducción del estudio nipón, con la distribuidora alemana Wild Bunch, que además supone la esperada ópera prima del reconocido cortometrajista Michaël Dudok de Wit; y no decepciona. La tortuga roja narra las peripecias de un hombre que naufraga en una isla desierta. La magia irrumpirá en el relato de manera tan inesperada como hermosa para justificar su reflexión sobre el amor, la familia, y la convivencia con la naturaleza. Sobra decir que no estamos ante una película infantil, sino ante un trabajo sin diálogos, que incluso en su primera (y magistral) media hora hace un uso muy comedido de la banda sonora de Laurent Perez del Mar, y que no duda en mostrar el lado más crudo del medio natural, y también del ser humano en su lucha por la supervivencia. Pero sin duda destaca la excelencia de la animación bajo la dirección artística del maestro Isao Takahata, que muestra todos los matices de la luz (y sobre todo, de sus sombras) del sol y la luna, el azul del mar, el verde del bosque… En conclusión, una fábula metafórica y visualmente deslumbrante que supone una joya imprescindible del festival.

 

Un comentario el “64º Festival de San Sebastián: Perlas (I)

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