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Críticas de cine y cobertura de festivales

Moonlight (2016)

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La presencia en la temporada de premios de una película como Moonlight es un refrescante oasis dentro del academicismo imperante, y más en este año dominado por trabajos que representan valores bienintencionados y políticamente correctos. Es por ello que en medio del protagonismo de las producciones raciales, cintas nominadas al Oscar como ésta o Fences (Denzel Washington, 2016), si bien desarrollan caracteres en determinados ambientes marginales, poseen historias que podrían extrapolarse a muchos otros contextos. Pero mientras que el filme de Washington, exaltado y estridente, queda encorsetado por sus formas teatrales, Moonlight, también basada en una obra escénica de Tarell Alvin McCraney, hace gala de un pudor y una sobriedad que la emparentaría más con Loving (2016), aunque sin la necesidad de lanzar grandes mensajes sociales como ocurría en el filme de Jeff Nichols.

El director Barry Jenkins imprime a sus películas una melancolía a la que ya aludía el título de su ópera prima, la fábula romántica Medicine for Melancholy (2008), mientras habla de la búsqueda de uno mismo y la configuración de la personalidad a través de la relación con otras personas, todo ello enmarcado con un tono poético. En su anterior trabajo, un buen ejercicio amateur, ya se apreciaban las bases de lo que en Moonlight está desarrollado; es decir, no estamos ante una cinta que surge de la nada o de la casualidad, sino de una evolución y madurez por parte su autor.

Moonlight

Jenkins expande el marco temporal y espacial de su primer largometraje, que tenía lugar en un día en la ciudad de San Francisco, aludiendo a problemas propios de allí, relacionados con cuestiones de raza y de clase; Moonligth, por su parte, narra en tres etapas la vida de Chiron, un chico negro que comienza a manifestar tendencias homosexuales, y lo hace a través de una situación y época concretas, la Miami de los años 80 y 90, pero que como comentábamos al principio, expone temas universales.

La primera parte de la película nos sitúa en la niñez de Chiron, un niño tímido que no se relaciona fácilmente con los demás. Conviviendo solo con su madre, Chiron encuentra en la figura de Juan (Mahershala Ali), un traficante, el referente masculino que le faltaba. Un pilar que le ayudará a comenzar a conocerse a sí mismo. Jenkins utiliza una agresiva cámara en mano, creando un efecto naturalista que contrasta con el uso de elementos más artificiales como los ralentíes, potenciados por la fotografía de James Laxton, que fue el encargado también de (des)teñir el desencanto de Medicine for Melancholy. Sorprenden por otro lado las grandes posibilidades de Oscar para Mahershala Ali, nominado a mejor actor de reparto por un brevísimo papel en el que, más allá de funcionar como catalizador, no ofrece una interpretación superior a la de otros miembros del reparto.

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Con un magníficio uso de la elipsis, Jenkins nos lleva a la segunda parte, la adolescencia de Chiron, etapa en la que se produce la configuración de la identidad. En este sentido, encontramos en Moonlight uno de los retratos más crudos que se han podido ver en cine sobre el acoso escolar. Una tortura sistemástica que conducirá a Chiron a tomar una decisión drástica que le cambiará la vida. Los bruscos primeros planos que también son característicos del director se pueden poner en relación con esa violencia física que experimenta el protagonista. De la mano de la revelación del actor Ashton Sanders, también se nos introduce en el despertar sexual de Chiron con mucha sutileza, y en la compleja relación con su madre, una Naomi Harris completamente transfigurada, pero cuyo personaje acaba resultando demasiado extremo.

La última parte nos conduce a un Chiron adulto que se ha trasformado físicamente como metáfora de su personalidad, pareciendo haber perdido en el camino todo lo que aprendió anteriormente. Pero una simple llamada telefónica desestabiliza este falso mundo que se ha creado. Llegamos así al tramo final de la película, el más sincero por reducirse a lo esencial para Jenkins: dos personajes solos. El director se desnuda como lo hace Chiron, que en el musculoso cuerpo de Trevante Rhodes, comienza a revelarse como aquel niño sensible de las partes anteriores; su fortaleza se torna en fragilidad, y Rhodes, con la complicidad de André Holland, transmite con exquisita sutileza emociones a flor de piel, que no son expresadas de forma directa, algo propio del mundo represivo en el que se mueven los protagonistas.

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De manera que puede recordar en la fluidez de sus retazos a una obra como Boyhood (2014), Jenkins nos muestra un tránsito vital a base de fragmentos que el espectador debe rellenar, marcando la narración con un espíritu melómano, en el que el director y el compositor Nicholas Britell mezclan la minimalista banda sonora original con ritmos que van del pop al R&B, el hip hop o la música clásica. Pero frente a la apariencia independiente de pretensiones desmedidas del filme de Richard Linklater, Moonlight hace del intimismo su mayor característica y virtud, rechazando cualquier tipo de exhibicionismo. Un relato sin principio ni final concretos, que evidencia de nuevo la relatividad del tiempo y de la propia existecia, frente a sentimientos que se mantienen inamovibles.

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3 comentarios el “Moonlight (2016)

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  3. Cinetux
    20 abril, 2017

    excelente película

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