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Regreso a Montauk (Rückkehr nach Montauk -Return to Montauk-, 2017)

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Largo tiempo ha pasado ya desde el Nuevo Cine Alemán y ese deseo en los años 60 por parte de los jóvenes realizadores germanos de revelarse contra los convencionalismos y fórmulas establecidas, creando obras mucho más libres y personales. La muerte de Rainer Werner Fassbinder en 1982 puso, aunque entonces aún no se supiera, el punto y final a este movimiento, pese a que sus otros tres protagonistas, Wim Wenders, Werner Herzog y Volker Schlöndorff, han seguido ininterrumpidamente en activo hasta nuestros días. Y si bien los dos primeros realizadores continúan siendo eminencias dentro del terreno documental, en la ficción vemos cómo, con trabajos como La reina del desierdo (2015) de Herzog, o Todo saldrá bien  (2015) de Wenders (pese a introducirse esta última en los terrenos del 3D), ambos caían en dramas planos faltos de tono y con tendencia a lo grotesco.

En el caso de Schlöndorff, su último trabajo, Regreso a Montauk, también como aquellas presentada en la Berlinale (demostrando la importancia que en el festival siguen teniendo las viejas glorias de su país, más allá de la calidad de sus producciones), no llega a esos límites, pero solo por la indifencia que despierta una manida historia de vuelta al lugar que trae recuerdos de un antiguo amor, basada en la novela autobiográfica de Max Frisch que el propio director adapta junto al escritor y guionista Colm Tóibín (autor, entre otras, de el libro en el que se basaba Brooklyn -2015-).

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Como dice Max Zorn, el protagonista de Regreso a Montauk, al principio de la cinta, cuando uno recuerda su pasado, piensa sobre todo en dos cosas: aquello que en su momento hizo y salió mal, y aquello que no se atrevió a hacer y de lo que se arrepiente. Consecuentemente, Schlöndorff provoca que sus personajes miren constantemente hacia atrás, también literalmente (ya sea buscando un taxi y refugiándose de un golpe de viento), como metáfora de esa búsqueda de  algo que ya no se puede recuperar… ¿O sí? Zorn, escritor exitoso afincado en Berlín, vuela a Nueva York a presentar su último trabajo. Pese a su seguridad y a su feliz relación con una joven editora, la ciudad y el encuentro con un viejo conocido despertarán en él un deseo de volver a saber de Rebecca, la mujer a la que se enamoró años atrás. A partir de entonces, el carácter de Zorn se volverá más inestable y nostálgico. En pleno cambio de personalidad no demasiado bien llevado, renunciará a todo lo que posee e intentará recuperar a Rebecca. Pero ella también tiene sus propios fantasmas personales que no le dejan avanzar.

Regreso a Montauk toma solamente la base del libro de Frisch para crear su propia historia, tan clásica, intrascendente y falta de aportes autorales que ni siquiera unos intérpretes de la talla de Stellan Skarsgard y sobre todo Nina Hoss son capaces de insuflar vida ni de hacer creíbles unos personajes cuyo desconcierto y tristeza no cala en el espectador. Resulta decepcionante que alguien como Schlöndorff, que se formó en los primeros años de la Nouvelle Vague y que ha hecho películas como El tambor de hojalata (1979), obra que huía de cualquier norma preestablecida, haya realizado en su madurez una producción tan trasnochada y tediosa a la manera de thriller romántico que acaba derivando en un drama folletinesco.

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