La película del día

Críticas de cine y cobertura de festivales

Zama (2017)

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Siempre hay algo de locura en el atrevimiento del ser humano de adentrarse en lo deconocido y tratar de apoderarse de ello, y el mayor ejemplo lo tendríamos en la conquista de América por parte de los europeos. Cinematográficamente, tras la visceral y degenerada odisea realizada por parte de Werner Herzog en Aguirre. La cólera de Dios (1972), a los autores les ha sido casi imposible desprenderse de esa idea, como vemos especialmente en los últimos años en trabajos como El abrazo de la serpiente (2015) de Ciro Guerra o incluso en la muy reciente Oro (2017), de Agustín Díaz Yanes. Pero probablemente donde es más evidente la estela del maestro alemán es en Zama, ambiciosa coproducción (en la que vemos, entre otras, la mano de El Deseo) de la argentina Lucrecia Martel, cuya filmografía se caracteriza por la representación de la decadencia tanto en la actualidad como en el pasado; en este caso, la de una época colonial ya en pleno ocaso, dejando de lado cualquier romanticismo o épica.

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Martel lleva a cabo la complejísima adaptación de la novela homónima de Antonio di Benedetto, protagonizada por Diego de Zama (excelso Daniel Giménez Cacho), oficial de la Corona española en Paraguay, cuyo único deseo es ser devuelto a su hogar (si es que sigue existiendo eso) con su familia (a la que probablemente ya ni reconoce como tal). Como el Percy Fawcett de Z. La ciudad pérdida (James Gray, 2016), Zama busca reconocimiento profesional para volver a casa, pero al mismo tiempo lo hace en un lugar que le aleja de aquello que ama. La mirada de Giménez Cacho nos conduce por este tortuoso camino en el que el tiempo se dilata indefinidamente en un ambiente antinatural, que la directora elabora a través de situaciones que rozan el surrealismo y de una banda sonora y sonido anacrónicos. Zama ya sabe que el sueño que perseguía no existe, así que ahora a lo que aspira es a volver a su vida anterior, algo que se torna igualmente utópico.

La realizadora se toma licencias estéticas, como la esmerada fotografía del portugués Rui Poças, colaborador de Miguel Gomes (Tabú -2012-), Joao Pedro Rodrigues (O Ornitólogo -2016-) o Felipe Hirsch (Severina -2017-), sin que por ello se dulcifique lo que cuenta. De hecho, la última parte del filme, ya situado en la selva, nos lleva de nuevo al tema de la demencia que se genera en un ambiente extraño. Pero aquí no es tanto la grandiosidad de la naturaleza lo que supera al hombre, sino la imposibilidad de la unión entre ambos: la supervivencia no puede darse, al menos de forma orgánica, en un entorno al que uno no pertenece y en el que se ha introducido a la fuerza.

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Un final abierto resulta del todo consecuente en el conjunto de una obra que fluye sin un objetivo (ni un tono) concreto. Zama es una película imperfecta, descontrolada por momentos (algo no necesariamente malo, ya que nos regala secuencias irrepetibles, como la que protagoniza la espontaneidad de una llama) y absolutamente anti-convencional, en la que la personalidad de Martel se manifiesta en cada plano y en un caracter sensorial que despertará opiniones igualmente exaltadas.

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Esta entrada fue publicada en 16 enero, 2018 por en Cine Argentino y etiquetada con , , , .
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