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La sombra del pasado (Werk ohne Autor -Never look away-, 2018)

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En 2006, la buena salud de la que estaba gozando el cine alemán durante el comienzo de siglo, quedó confirmada gracias a la irrupción en en el panorama cinematográfico de La vida de los otros, debut de Florian Henckel von Donnermarck, que recibió reconocimientos y premios tanto es su país como internacionalmente, con el definitivo remate del Oscar a la mejor película de habla no inglesa, la tercera vez para Alemania tras El tambor de hojalata (1979) de Volker Schlöndorff y En un lugar de África (2001) de Caroline Link. Es por ello que resultó sorprendente el inmediatamente posterior salto al cine anglosajón por parte de Donnersmarck con The Tourist (2010), intrascendente remake de la francesa El secreto de Anthony Zimmer (2005), cuya recepción unánimente negativa pareció acabar prematuramente con su carrera. Es por ello que su nueva incursión en Alemania, 12 años después de su ópera prima, se esperaba con interés como un posible resarcimiento del realizador.

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La sombra del pasado, presentada en el pasado Festival de Venecia, toma del vapuelado anterior trabajo de Donnersmarck su mayor virtud, un estilo clásico y elegante, para realizar un monumental retrato de uno de los períodos más convulsos de la Historia de Alemania, a través del arte y de la vida de un pintor, Kurt Barnert (inspirado el artista real Gerhard Richter) que de nuevo se ganó el favor de la Academia, reportándole una nueva nominación al Oscar. Sin embargo, un film plagado de ideas de base muy interesantes, en lugar de profundizar en ellas, solo las esboza, lo cual contrasta con la importancia que deja patente Donnersmarck sobre ser consciente de la responsabilidad histórica y de no apartar la mirada de la realidad, como hace el protagonista para no enfrentarse a los momentos más críticos de su vida.

Si hay un tema predilecto (especialmente en cuanto a distribución) en el cine alemán, este es el del nazismo. Pero vender La sombra del pasado como una película sobre el esta cuestión sería falso, ya que solo se trata directamente en la primera parte. La cinta empieza con la exposición de arte degenerado (término utilizado por el régimen nazi para ridiculizar, como se ve en la secuencia, al arte de las primeras vanguardia artísticas, en favor de un arte patrio) que viajó por Alemania y Austria desde 1937, y que sirve para contextualizar la infancia de Kurt Barnert y la importancia de su relación con su tía (Saskia Rosendahl), una joven con problemas psicológicos que, como personaje, le sirve a Von Donnersmarck para poner sobre la mesa un tema muy en alza estos días: la apropiación del cuerpo de la mujer por parte de un sistema predominantemente patriarcal, encarnado en este caso por un médico (personaje esquemáticamente escrito pero correctamente interpretado por Sebastian Koch) que también represantará en si mismo las consecuencias del Tercer Reich y de la guerra en el futuro inmediato alemán.

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Tras una secuencia de montaje con momentos crueles y violentos del final de conflicto bélico, que rozan la abyección, la narración da un salto de unos años, situándose en la República Democrática Alemana, la cual ya fue abordada por Donnersmarck en La vida de los otros con la misma sorprendente falta de ostalgie (término para referirse a la añoranza de algunos aspectos de la vida en la RDA) que aquí. En este momento, toma un protagonismo que ya no abandonará Barnert (encarnado por el siempre efectivo Tom Schilling), forzado a dedicarse al arte socialista mostrado como meramente propagandístico, una idea ya muy superada que sin embargo el director se empeña en recalcar. Esta mentalidad algo arcaica también se manifiesta en su decisión telefilmesca de centrar este tramo del relato en el desarrollo de la historia de amor entre Kurt con una chica, a la que da vida una bastante desaprovechada Paula Beer, que se limita a hacer de esposa y (deseo de ser) madre, y que resulta ser la hija del mismo malvado médico de la primera parte. Convertido ahora en fiel miembro del partido socialista, este personaje irá sin embargo sacando poco a poco a la luz su auténtico carácter, aspecto éste bastante reconocible en el cine de Von Donnersmarck.

En busca de una vida mejor y una nueva expresión de su obra, Kurt y su mujer viajarán a Occidente justo en la época previa a la construcción del muro, asentándose en Düsseldorf, cuya escuela de arte nos mostrará un compendio de todas las manifestaciones que se dieron durante las segundas vanguardias. Un ambiente en el que alguien que cultiva el estilo realista, figurativo y romántico como el Barnert (es decir, el del mencionado Gehrard Richter), con obras basadas en fotografías, podría parecer muy alejado de la modernidad. Casi como si se tratara de un alter ego del propio Donnersmarck, con conceptos arriesgados que sin embargo quedan atrapado en sus formas académicas. Esto se traduce en todos los aspectos del filme, desde la inexpresiva fotografía de Caleb Deschanel (también nominada al Oscar), hasta la banda sonora de Max Richter, uno de los trabajos más clásicos y menores del compositor, en la que solo le vemos brillar en la última parte del filme, acompañando al proceso de creación de Barnert de los lienzos que le darán fama con el tema Portraits. Es ésta la secuencia más inspirada y conmovedora del filme, que ya mantiene el nivel hasta un final al que también Richter, con su famoso November, aporta una sensibilidad emocionante.

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En conjunto, La sombra del pasado es un filme con evidentes problemas, e irregular en sus tres hora de duración, durante las cuales a momentos cabe preguntarse si La vida de los otros fue, parafraseando el título original, la obra de un auténtico autor, o pura suerte por parte de Donnersmarck. Incluso los Premios del Cine Alemán, que en su momento galardonaron a su primera cinta con 7 estatuillas, le han dado de lado en esta ocasión, obteniendo una única nominación (para Oliver Massuci por su trasundo de Joseph Beuys). Pero, sin embargo, sí apreciamos dentro de una historia potente y atrayente retazos del hábil realizador que ya nos sedujo una vez con su mezcla de intriga y belleza, y son éstos los que acaban por conducir a una conclusión más que satisfactoria.

 

Un comentario el “La sombra del pasado (Werk ohne Autor -Never look away-, 2018)

  1. Pingback: La sombra del pasado (Florian Henckel von Donnermarck, 2018) – Der Film des Tages

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