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Críticas de cine y cobertura de festivales

El crack cero (2019)

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Que Jose Luis Garci es una de las figuras clave del cine de las últimas décadas del siglo XX en nuestro país es un hecho, siendo único a la hora de adaptar el clasicismo del cine estadounidense al carácter hispano. Si hubiera que destacar solamente uno de sus trabajos, más incluso que la primera ganadora del Oscar por España Volver a empezar (1982), o de la también nominada El abuelo (1998), sería prácticamente de manera unánime El crack (1981): considerada la primera película autóctona de cine negro puro, la cinta y su secuela de 1983 resultaron excepcionales en su momento, y una imprescindible influencia posterior dentro del género policíaco y de intriga español. No es de extrañar por tanto que Garci recurra de nuevo a la historia del expolicía y detective Germán Areta en un intento de remontar una carrera que durante el nuevo siglo, tras la excelsa You’re the one (Una historia de entonces) -2000-, ha ido en caída libre hasta estrellarse definitivamente con la inenarrable Holmes & Watson. Madrid Days (2012). Pero tampoco es de extrañar el temor del espectador ante una precuela del díptico que encumbró a Alfredo Landa pero sin él, y además de la mano de un Garci en horas bajas.

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Quizás uno de los principales recelos con respecto a El crack cero es que las anteriores suponían una crónica directa de los primeros tiempos de la Transición, mientras que ésta se trata de una recreación desde el presente de los meses justamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco, dando lugar más a un filme de corte histórico tan del gusto del director que de la (agradecida) inmediatez de sus primeros trabajos. Sin embargo, los temores rápidamente quedan disipados gracias a una ambientación excelente, a la nostalgia de la mítica banda sonora de Jesús Gluck que nos lleva directamente a los 70, y a la relación de aquella turbulenta etapa con la actual inestabilidad política (una atemporalidad que también veíamos en Las verdes praderas -1979-), lo cual desmiente el tópico de Garci como un cineasta solamente estancado en el pasado. Nos encontramos con un nuevo caso de engaños, infidelidades y asesinatos para el investigador Areta, algo simple pero muy entretenido, y que además nos permite conocer más las circunstancias del protagonista y ver qué le ha llevado a esa personalidad tan característica de los filmes de los 80. No faltan de nuevo los toques irónicos, que en esta ocasión están incrementados incluso, mientras que la narración es menos violenta, relacionándose más con El crack dos, y también con el estilo más pausado y académico del Garci de las últimas décadas, con una estética en blanco y negro y claro-oscuros más cercana a la mencionada You’re the one. Un estilo que resulta que, insospechadamente, a esta precuela le sienta de maravilla.

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Otra de las cuestiones más problemáticas de la cinta era el tema del reparto. Resultaba muy complicado imaginar a otro actor dando vida al icónico Areta que no fuera Alfredo Landa, pero el elegido finalmente, Carlos Santos, impulsado por su Goya por su interpretación de Luis Roldán en El hombre de las mil caras (2016), consigue hacerse con el personaje de manera muy digna, sin limitarse a una imitación paródica. Algo similar a lo que ocurre con un sorprendente y muy divertido Miguel Ángel Muñoz como el Moro, aunque en su caso sí que parece haberse reencarnado en Miguel Rellán, al que vemos en cada gestos y comentario. Salvado pues este principal obstáculo, el resto de interpretaciones, con la excepción de una afectadísima Macarena Gómez, está más que correcto, destacando el naturalismo de Pedro Casablanc y del descubrimiento que es María Cantuel, que parece recién salida de la época.

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Puede que la resolución de El crack cero sea poco convincente, y que en conjunto resulte menos emocionante que las anteriores cintas, pero sin duda recupera el espíritu de aquellas además sin quedar desfasada, dando lugar a una obra que funciona, como las otra dos, igual de bien como trabajo aislado que como parte de una trilogía ya imprescindible, dejando de nuevo en evidencia la pericia y elegancia de un cineasta que, por suerte, no nos había abandonado definitivamente.

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